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Reflexiones teóricas sobre la democracia desde la experiencia de COMOSOC

Democracia real

Lunes 4 de mayo de 2015, por Carlos Osorio

COMOSOC tiene, en su conformación y en su lógica de trabajo, un componente territorial y una apuesta por el reconocimiento de las particularidades de los actores en los territorios. Los actores de COMOSOC son sujetos colectivos pertenecientes a organizaciones y movimientos sociales. En esta realidad, con estos actores, está comprometida la mirada de la democracia que tiene COMOSOC.

En principio entonces ofrecemos una mirada de la comprensión que hemos venido desarrollando de la democracia en ese escenario de la acción colectiva ligada a los movimientos sociales. Los movimientos sociales han sufrido transformaciones que los hacen aparecer en el presente como conductores de la acción política de oposición al proyecto neoliberal. Ante el frecuente escenario de perdida de espacio por parte de los partidos políticos tradicionales los movimientos van ganando espacio en la representación social. Ante la aparición de fracturas en el sistema político se constata el avance de la movilización por parte de los movimientos, lo que indica que estos han sabido aprovechar las grietas y fracturas de los partidos y del sistema y además que las lealtades por parte de los ciudadanos se trasladan de los partidos a los movimientos. Todo ello señala que de alguna manera, desde estos actores, se avanza en la construcción de democracia. Ofrecemos a continuación algunas consideraciones teóricas desde las cuales se puede problematizar el concepto y la práctica de democracia y desde donde se puede leer la práctica política de los movimientos sociales y de la COMOSOC.

La democracia puede ser entendida de diversas maneras. Desde el planteamiento de Sartori, la democracia es entendida como el poder del pueblo sobre el pueblo, esto es el gobierno del pueblo sobre sí mismo. El poder es legítimo solo cuando su investidura le viene desde abajo, solo si emana de la voluntad popular. La democracia alude entonces a la existencia de una sociedad libre, no oprimida por un poder político ni dominada por una oligarquía cerrada. Hay democracia cuando existe una sociedad abierta en la que la relación entre gobernantes y gobernados es entendida como que el estado está al servicio de los ciudadanos y el gobierno existe para el pueblo (Sartori, 1994: 20-23). Los movimientos sociales tienen un papel en la construcción de la misma, sobre todo en lo que tiene que ver con avanzar hacia la superación de una democracia puramente basada en el ejercicio electoral a favor de las élites, hacia una democracia participativa.

En este sentido vale la pena considerar los planteamiento teóricos sobre la materia hechos por Schumpeter quien partiendo de la concepción clásica de democracia como poder del pueblo logra desarrollar una comprensión de la misma ligada a lo que él va a llamar el método democrático, es decir, el ejercicio mediante el cual los ciudadanos logran vehicular el posicionamiento de sus visiones de la realidad particular en el escenario político para lo cual deciden respaldar o no a quien ha de gobernar, bajo la pretensión de que en dicho ejercicio de gobierno va a ser defendido el bien común. El método democrático es un sistema institucional de gestación de las decisiones políticas que permiten la realización del bien común. El pueblo interviene de manera directa en este a través de la elección y validación de quienes han de llevar a cabo la voluntad colectiva (Schumpeter, 1963: 321). Este enfoque va a considerar la posibilidad de que más allá del ejercicio de la democracia directa como forma de participación, existen una infinitud de formas posibles mediante las cuales el pueblo puede participar o influir en el gobierno (Schumpeter, 1963: 317). El autor advierte sobre las falencias en el funcionamiento del método democrático que se dan cuando en las naciones se operan divisiones por cuenta de la presencia de los intereses antagónicos capitalistas puestos en juego en la pugna por el poder de la cual es subproducto el caudillaje que se despliega en procura del voto en la contienda electoral (Schumpeter, 1963: 364). La palabra democracia es para este autor símbolo del ideal humano frente a la nación y se materializa gracias a la posibilidad de encaminar las voluntades individuales hacia la búsqueda del bien común (Schumpeter, 1963: 321).

Hans Kelsen va a plantear que la democracia como gobierno del pueblo tiene como fundamento esencial la participación de los gobernados en el gobierno a través del ejercicio de la libertad desde la autodeterminación política. Esto se traduce en un gobierno que actúa en interés del pueblo entendido como la masa de individuos de diversos niveles económicos, sociales y culturales. El pueblo participa en el gobierno bien sea de manera directa o indirecta, a través de decisiones en su favor concertadas mayoritariamente por la asamblea popular o establecidas por quien ha sido popularmente elegido para tal efecto. Al igual que en el anterior enfoque, considera a la democracia como método o procedimiento a través de formas de gobierno. Se dice entonces que el estado es democrático si los poderes legislativo y ejecutivo son ejercidos por el pueblo bien sea de manera directa o a través de asamblea elegida por el pueblo sobre la base del sufragio (Kelsen, 1998: 207-212).

Touraine va a distinguir entre dos comprensiones y dos prácticas históricas de democracia. La primera es la democracia revolucionaria, propia de los movimientos revolucionarios que derrocan a los regímenes monárquicos. La segunda es la democracia liberal que obedece a la crisis del llamado socialismo real y que se impone como resultado de la instauración de una suerte de dominio de la economía de mercado en el mundo, por encima de las relaciones políticas y sociales. Touraine sostiene que la idea de democracia propia del espíritu revolucionario es universalista y no culturalista. No afirma la especificidad de una tradición nacional, étnica o religiosa, sino el derecho de todos a acceder al mundo moderno (Touraine, 1998: 18). Es bien importante esta comprensión pues es parte de la comprensión que parece imperar en algunas fuerzas políticas en Colombia, muchas de ellas ligadas a la izquierda. La democracia revolucionaria impone la voluntad política al orden social. Subordina lo social a lo político (Touraine, 1998: 23).

Por su parte la democracia liberal, al contrario de la revolucionaria, reduce las intervenciones del poder político y privilegia la regulación directa y el mercado, limitándose a hacer respetar los contratos estipulados, en la lógica de las relaciones que imponen las leyes del mercado. En este sentido subordina lo político a lo económico desde los conceptos de interés y utilidad. En este tipo de democracia los actores económicos actúan con entera libertad mientras los otros actores se subordinan, quedando por fuera del ámbito político formas diversificadas de ciudadanía (Touraine, 1998: 23-27). Esta es la democracia que impera en el contexto del neoliberalismo y la que más se manifiesta en la realidad política determinada por los actores de poder en Colombia. Sin embargo, pese a ser la práctica más institucionalizada, no es la única.

Touraine va a plantear que ambas comprensiones de la democracia descansan sobre un principio común que es el reconocimiento de la posibilidad del triunfo de un orden racional y la esperanza en la llegada de una sociedad regulada por principios universales. Pero la realidad del mundo contemporáneo evidencia que en nombre de la instauración de estos principios de carácter universal lo que se ha logrado es la eliminación de las diferencias y la exclusión de la participación en el derecho de quienes son diferentes. Esta es, en la comprensión de Touraine, una evidente ausencia de democracia. La democracia se reduce cada vez más a las reglas para la elección, sin que ello suponga la deliberación y la construcción por parte del pueblo de los programas sobre los cuales elige. La construcción de los discursos puestos en el escenario de la elección queda en manos de unas élites que logran garantizar además las condiciones institucionales para mantenerse en el poder estableciendo una alianza entre poder y dinero (Touraine, 1998: 31-32). La democracia se reduce a lo que antes se planteaba como el método democrático.

En el mundo contemporáneo y en esa aparente democracia en la que este vive Touraine va a decir por ejemplo que los derechos universales son insuficientes si no permiten a las minorías étnicas y culturales vivir en conformidad con sus creencias y preferencias (Touraine, 1998: 64). Este será el caso de los movimientos sociales en Colombia. Estamos ante un complejo de diversidades que no se reconocen y no se comunican. El reconocimiento es una condición para la democracia. Asistimos como espectadores a una gran diversidad de culturas y formas de organización social. Esta es una sociedad compuesta de autopistas, guetos, mercados y comunidades de ideas cerradas e incomunicadas entre sí. Los valores culturales que cada grupo profesa se mantienen encerrados para ese grupo mientras las prácticas del grueso de la sociedad, las prácticas institucionalizadas están desprovistas de sentido. El sentido queda atrapado en el ámbito privado. La economía queda disociada de la cultura. Es una economía carente de sentido (Touraine, 1998: 54-55).

La tarea de la democracia aquí es la reconstrucción del sentido de la vida en la sociedad. La sociedad está sumida en un vacío social y político ante el cual solo las culturas y su diversidad pueden ser reconstruidas por el empeño de individuos o grupos para rescatar su propia autonomía y su propia capacidad de asociar valores y prácticas e incorporar en la sociedad esta reconstrucción del sentido de la vida. La política se vuelve democrática en la medida en que hace posible el diálogo entre culturas (Touraine, 1998: 54-56). La democracia permite la construcción de un mundo que reconociendo las diferencias sea capaz de conjugar afinidad y diferencia. Esta es la propuesta que le hacen a la sociedad colombiana, desde su práctica real democrática, algunos movimientos sociales. Y por ello su acción política se califica, desde la perspectiva de COMOSOC como aporte a la democracia.

Un llamado que hace Touraine en esta recomposición del sentido de la vida en la sociedad es al reconocimiento de cada individuo como actor y sujeto que correlaciona prácticas y valores. En esta lógica la idea democrática debe apelar a la resistencia del sujeto personal, a su deseo de ser autor de su propia existencia como forma de hacer frente a los poderes que anulan a los individuos y homogenizan a la sociedad en torno a universalismos que disocian las prácticas de los valores. Touraine dirá que la democracia no puede apelar a una filosofía de la historia sino a una filosofía moral que defiende los derechos de cada individuo en situaciones sociales concretas frente a un adversario o contraparte (Touraine, 1998: 33).

Un principio en el que se basa esta comprensión de la democracia es en que somos iguales pero diferentes. Y lo que nos hace iguales es justamente el que somos diferentes. La democracia se hace fuerte solo si logra transformar las relaciones sociales desde este principio moral que está en el interior de cada cultura y que se ofrece a la sociedad como principio de valor para sus prácticas. En este sentido cada identidad personal lleva en si una inspiración universal que permite ir más allá de la exclusión por las diferencias, incluyendo las diferencias y por supuesto, sin anular las diferencias (Touraine, 1998: 54).

La democracia desde esta comprensión queda ligada a la práctica de movimientos sociales que se empeñan por luchas para que la diferencia de los individuos no los excluya de la participación en el derecho. Esta lucha por la democracia propia de los movimientos sociales encuentra cada vez más alimento en la defensa de identidades personales y colectivas (Touraine, 1998: 38).

Los movimientos sociales en Colombia han venido jugando un papel de canalización de banderas y reivindicaciones de los sectores sociales que no se han sentido ni recogidos ni representados suficientemente por los partidos políticos. Han trabajado y vienen trabajando por el impulso de transformaciones sociales contando con la participación de sujetos sociales de base y arraigo popular en un intento además por romper con las lógicas de ejercicio de poder propias del ejercicio electoral ligado a los partidos. Los movimientos sociales desde su accionar ponen en cuestión las tradicionales formas de relacionamiento de los partidos políticos con la sociedad civil y sus organizaciones y en este sentido, en la toma de distancia frente a estas formas, se van posicionando como actores en el escenario político nacional. (Osorio, 2013)

La categoría de sujeto social se deriva de la constatación de la condición misma del sujeto en la sociedad contemporánea. Si bien las filosofías del sujeto dan cuenta de una construcción intelectual en torno a la categoría, la historia evidencia el desarraigo en el que cae, en el marco de la crisis de la modernidad, el sujeto personal. El mercado que somete al individuo a las lógicas del consumo y la masificación de la vida social en la que se disgregan las identidades diferenciales, se constituyen en las manifestaciones puntuales de la dominación del sujeto, por cuenta de poderes de orden económico, político, social y religioso, que anulan la libertad individual y disminuyen la participación universal en el disfrute de los derechos (Touraine, 2000)

La desaparición del sujeto personal contrasta con la emergencia del sujeto social. Ante el declive de la participación en los derechos, los sujetos se construyen en torno a las identidades diferenciales y en aras de la lucha por la reivindicación de la participación en el disfrute de los derechos. En el mundo, y concretamente en Colombia, nos encontramos cotidianamente con sectores sociales provistos de identidades diferenciales con arraigo en lo colectivo. Son identidades golpeadas frecuentemente por la tendencia a la masificación y a la unificación operadas desde el mercado, concretamente en su fase neoliberal.

De los anteriores planteamientos en torno a la democracia COMOSOC deriva constataciones importantes para su accionar. Lo primero es que no existe una práctica única de democracia derivada de una comprensión homogénea de la misma. Si bien hay prácticas que se imponen y se hacen más visibles, hay otras que pese a su ocultamiento señalan desafíos importantes para la acción política. Justamente en la crisis de la democracia liberal en su carácter vinculante, los movimientos sociales apelan a la democracia del sujeto y la construyen desde las prácticas ligadas al ejercicio de poder y autoridad en los territorios.

En este sentido y en relación con las discusiones actuales sobre democacracia y el impulso de una campaña por “Otra Democracia es posible” proponemos como COMOSOC que lo que hay que cambiar está en la relación que desde el enfoque liberal se da entre la democracia y el poder como está planteado hoy en la práctica institucional. Potenciando el ejercicio democrático que se da desde los movimientos sociales lo que proponemos es salir de la trampa electoral.

Si bien planteamos que hay un ejercicio democrático en los territorios que hay que recoger y potenciar, esto supone que hay que difundir la campaña en las regiones aterrizando su contenido y teniendo en cuenta las realidades y las dinámicas territoriales, de manera tal que se la pueda enriquecer de tal suerte que las regiones aporten al contenido.

Finalmente desde COMOSOC se considera que el impulso de una campaña que ponga en cuestión la democracia liberal ha de estar ligada a las definiciones y apuestas políticas de quienes asuman la campaña y de sus realidades territoriales. En este sentido se propone que se logre establecer la relación de la práctica democrática con el modelo económico, con el proceso de paz, con la posibilidad de una nueva constitución, los temas de calidad de vida. La democracia nos llena de contenido, pero es importante ligar el tema de la paz, lo de territorio, calidad de vida.

Por Carlos Osorio. Comosoc Cali (Profesor Universitario)