Hace pocos días vi un video que me dejó pensando. La escena transcurría en una plaza de mercado. Una mujer de aproximadamente sesenta años, a quien llamaré Juana, vendía verduras mientras conversaba con un joven creador de contenidos, a quien llamaré Pedro.
Pedro le preguntó qué opinaba del nuevo presidente de Colombia, Abelardo De La Espriella. Juana respondió sin vacilar:
—Es una bendición de Dios. Es un hombre bueno.
El joven la confrontó con una información inquietante: durante años, De La Espriella había ejercido como abogado defensor de personas vinculadas con el paramilitarismo y otras actividades criminales.
—¿A usted no le parece cuestionable que un presidente tenga esos antecedentes profesionales? —le preguntó.
Juana tampoco dudó:
—Ya se arrepintió. Ahora es un hombre bueno.
La conversación terminó, pero su respuesta continuó rondando en mi cabeza. No porque Juana deba ser juzgada o ridiculizada por lo que piensa. Tampoco porque su fe tenga menos valor que los argumentos del joven. Su respuesta nos coloca frente a una pregunta mucho más profunda: ¿cómo llega el poder a instalarse en nuestras creencias, emociones y maneras de interpretar la realidad?
Y usted, que está leyendo estas líneas, ¿dónde cree que vive el poder?
Con frecuencia pensamos que se encuentra únicamente en el Gobierno, el Congreso, los tribunales, las grandes empresas o las Fuerzas Armadas. Pero el poder también habita en una plaza de mercado, en una conversación familiar, en una organización social, en los mensajes que recibimos por WhatsApp, en las palabras de líderes y lideresas religiosas, en los videos que un algoritmo selecciona para nosotros y en las historias que repetimos hasta convertirlas en verdades.
Juana no habla desde el vacío. Habla desde una vida posiblemente atravesada por el trabajo cotidiano, las dificultades económicas, la esperanza, la fe y la necesidad de confiar en que alguien puede representar un cambio. Habla también desde las ideas que circulan en los noticieros, las redes sociales, los espacios religiosos y las conversaciones de todos los días. Ideas que, a fuerza de repetirse, pueden llegar a parecernos indiscutibles.
En su respuesta, la trayectoria conocida del dirigente pierde importancia frente a una narración emocional y religiosa mucho más poderosa: un hombre pudo equivocarse, se arrepintió y ahora merece confianza.
¿En qué momento una afirmación repetida se convierte en una verdad? ¿Quién construye las historias con las cuales juzgamos —o dejamos de juzgar— a quienes aspiran a gobernarnos? ¿Por qué algunas responsabilidades pueden ser borradas con tanta facilidad, mientras otras personas son condenadas sin derecho a explicarse?
El problema no es que Juana crea en el arrepentimiento. Toda sociedad necesita reconocer la posibilidad de que las personas cambien. El problema aparece cuando el arrepentimiento se utiliza para sustituir la verdad, eludir la responsabilidad o borrar las consecuencias de los actos. Una democracia no puede descansar solamente en declaraciones de bondad. Necesita memoria, explicaciones, reconocimiento de responsabilidades, reparación y garantías de no repetición.
La escena también debería interpelarnos a quienes deseamos transformar la sociedad. No basta con entregarle información a Juana ni con decirle que está equivocada. Si los sectores democráticos se acercan a las comunidades solamente para corregirlas, mientras otros actores aparentan escuchar sus necesidades, hablan el lenguaje de su fe, atienden sus temores y les ofrecen un sentido de pertenencia, aunque no sea real, será muy difícil disputar el sentido de la política.
Algunos de esos actores, además, instalan miedos y sospechas contra organizaciones sociales, liderazgos comunitarios y personas defensoras de derechos humanos. De esta manera, debilitan los vínculos colectivos y presentan como amenazas precisamente a quienes podrían contribuir a defender los derechos de las comunidades.
A esta dificultad se suman las actuaciones de algunos dirigentes que se autodenominan representantes del cambio, pero reproducen prácticas que contradicen sus discursos. Sus incoherencias terminan facilitando el trabajo de los sectores dominantes, que las utilizan para desacreditar cualquier alternativa y equiparar a quienes defienden los derechos del pueblo con quienes históricamente lo han dominado.
Debemos preguntarnos con honestidad: ¿sabemos escuchar antes de intentar convencer? ¿Comprendemos las esperanzas y los miedos desde los cuales las personas toman sus decisiones? ¿O hablamos del pueblo sin conversar realmente con él?
Los poderes dominantes han comprendido que las personas no deciden únicamente a partir de datos. También lo hacen desde sus afectos, temores, frustraciones, lealtades, creencias y esperanzas. Por eso, la disputa por el poder comienza mucho antes de una elección: empieza en la conciencia, en la vida cotidiana y en la manera como aprendemos a nombrar el mundo.
El plebiscito por la paz de 2016 nos dejó una lección que todavía necesitamos examinar. Durante aquella campaña circularon mensajes engañosos que movilizaron temores religiosos, familiares y morales, y que encontraron canales de difusión en algunas comunidades de fe. Esto no significa que todas las iglesias o todas las personas creyentes hayan actuado de la misma manera. Significa que la fe también puede ser instrumentalizada para orientar decisiones políticas.
Pero la fe no es, por naturaleza, enemiga de la emancipación. También puede ser fuente de dignidad, solidaridad y justicia. América Latina posee una larga historia de comunidades religiosas que han defendido la vida y acompañado las luchas de los pueblos. La pregunta, entonces, no es si debemos enfrentar la fe con la política, sino cuándo una creencia contribuye a liberar y cuándo es utilizada para justificar, encubrir o concentrar el poder.
Avanzar hacia el poder del pueblo exige reconocer esta complejidad. El poder popular no se construye despreciando las creencias de Juana, sino dialogando con ella. No comienza diciéndole qué debe pensar, sino preguntándole por qué confía, qué espera del nuevo Gobierno, qué hechos podrían hacerla cambiar de opinión y qué condiciones necesita para evaluar críticamente a quienes ejercen el poder.
Quizás usted conozca a una Juana. Quizás haya escuchado una conversación semejante en su familia, en el barrio, en la iglesia, en el trabajo o incluso dentro de su propia organización. Tal vez, si miramos con cuidado, descubramos que también nosotros hemos aceptado algunas verdades sin examinarlas.
Por eso, el primer paso para construir un poder democrático puede ser aprender a reconocer dónde vive el poder. Porque el poder no gobierna solamente desde arriba. También actúa dentro de nosotros: en aquello que creemos, en lo que estamos dispuestos a perdonar, en las preguntas que dejamos de hacer, en las voces que consideramos autorizadas y en las verdades que aceptamos sin examinar.
Pero es justamente allí, en nuestra capacidad de conversar, de escuchar, preguntar, recordar y pensar colectivamente, donde puede comenzar a nacer otro poder: el poder consciente, crítico, organizado y creador del pueblo.
Con este artículo comienza una conversación que queremos construir con usted. En las próximas entregas nos preguntaremos cómo se relacionan los poderes político, económico, religioso, mediático y digital; cómo penetran nuestra vida cotidiana; por qué también se reproducen dentro de las organizaciones sociales; y, sobre todo, qué poder necesitamos articular para transformar la realidad y defender la vida.
Esta columna no pretende ofrecer respuestas definitivas. Quiere abrir preguntas, escuchar experiencias y provocar conversaciones. Por eso, al terminar esta primera lectura, le proponemos un ejercicio sencillo: observe durante esta semana su casa, su comunidad, su trabajo, su organización y los mensajes que recibe en el teléfono. Luego, pregúntese:
¿Quién intenta decirme qué debo creer, sentir o temer?
¿A quién beneficia esa manera de pensar?
¿Y qué podemos hacer, junto con otras personas, para que el poder deje de dominarnos y comience a convertirse en una fuerza colectiva para liberarnos?

Audes Jiménez
Investigadora social, afrofeminista y defensora de los derechos humanos. Magíster en Estudios del Caribe, especialista en Género, Planificación y Desarrollo y en Gerencia Social. Cuenta con una amplia trayectoria en el acompañamiento a organizaciones sociales, comunidades étnicas, mujeres y víctimas del conflicto armado, así como en la formulación e implementación de políticas públicas. Es integrante de la red de Mujeres Afrolatinoamericanas, afrocaribeñas y de la diáspora, de la Comisión Política de la COMOSOC, de la red de Mujeres del Caribe Colombiano, de la Asociación Predesarrollo de Familias APRODEFA y ha dedicado su vida a promover la justicia social, la igualdad, el cuidado de la vida y la construcción colectiva de poder desde los territorios